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By Tom Wilkinson

L. a. arquitectura nos moldea tanto como nosotros los angeles moldeamos ella. No nos limitamos a contemplar los edificios; sus fachadas, su belleza o su fealdad ocultan también el espacio en el que vivimos. Nacemos, trabajamos, amamos, y morimos relacionándonos con los angeles arquitectura. Todos estos aspectos de los angeles arquitectura -económicos, eróticos, políticos o psicológicos- son cruciales si queremos entender tanto l. a. arquitectura misma como nuestras vidas y nuestro mundo.

Este libro nos acerca a l. a. historia de l. a. arquitectura a través de un planteamiento sumamente unique: diez capítulos con diez edificios representativos que simbolizan esas relaciones de los angeles arquitectura con l. a. política, el sexo, el arte, los angeles religión o el retiro. Empieza con una aproximación a l. a. Torre de Babel, una construcción simbólica que el autor relaciona con otros edificios como las torres gemelas. Sigue una mezquita en Tumbuctú, el Palazzo Rucellai de Florencia, el teatro de Bayreuth, los angeles obra de Le Corbusier, o una fábrica de coches en Chicago. Edificios a partir de los cuales el autor traza una historia del mundo y del desarrollo de las condiciones de vida, de trabajo e incluso de nuestras prioridades en el orden ethical y estético.

 

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En paralelo a este endurecimiento de l. a. disciplina, pasó de l. a. zanahoria a los angeles vara de castigo. El hombre que esgrimía esa vara de castigo period Harry Bennett, un ex boxeador premiado con conexiones en el hampa. Ford encargó a Bennett, a l. a. sazón director de recursos humanos, que fundara el organismo sucesor de su Departamento de Sociología, el Departamento de Servicios. Compuesto de matones, ex convictos y antiguos deportistas, en realidad aquel departamento period un ejército privado de espías y encargados de hacer cumplir las normas que se hallaban constantemente ojo avizor ante posibles señales de sindicalismo y bajo rendimiento; para ello, se les daba rienda suelta para acosar y despedir a los empleados. Tras el desplome bursátil de 1929, cuando se vivió una presión creciente desde las altas esferas para recortar los salarios y l. a. cifra de own e incontables personas estaban tan desesperadas que se ofrecían a trabajar por el salario que fuera en las condiciones que fuera, el Departamento de Servicios instigó un reino del terror. Los empleados de Ford eran golpeados de manera aleatoria mientras hacían cola para recibir su paga, se prohibió hablar, las visitas al lavabo tan sólo se permitieron si había un reemplazo disponible y las pausas se redujeron a quince minutos para el almuerzo. Los hombres de Bennett no toleraban absolutamente ninguna transgresión: a un obrero lo despidieron por limpiarse los angeles grasa de los brazos, a otro por comprar una barrita de chocolate mientras hacía un recado y a otro por sonreír mientras trabajaba. El propio Ford se comportaba cada vez de manera más errática, enfrentando a sus capataces entre sí, socavando l. a. autoridad de su propio hijo, que period presidente en l. a. empresa, y llevando su concepción de los angeles organización a extremos maoístas. En su persecución del keep watch over overall, departamentos enteros desaparecían de l. a. noche a l. a. mañana y ejecutivos hasta entonces poderosos podían presentarse en el trabajo y descubrir que su jefe había hecho astillas sus escritorios con un hacha. Fue en torno a esta época cuando Ford desarrolló una pasión por los bailes tradicionales. Con todo, con su intento de aplastar el sindicalismo en 1937, a Ford le salió el tiro por los angeles culata. Los matones de Harry Bennett detuvieron y apalearon con violencia a los obreros que se dirigían a distribuir un panfleto titulado �Sindicalismo sí; fordismo no». Por desgracia para Ford, varios periodistas y fotógrafos presenciaron l. a. escena y, pese a los ingentes esfuerzos del Departamento de Servicios por someterlos y destruir sus cámaras a palos, algunas fotografías de l. a. que se apodó los angeles Batalla del Paso Elevado consiguieron abrirse camino hasta los angeles prensa. El accidente suscitó un escándalo a escala nacional y muchos culparon de l. a. violencia directamente al propio Henry Ford. El apoyo público al sindicato Obreros del Automóvil Unidos se disparó por las nubes y, al ultimate, un Ford roto y debilitado se vio obligado a aceptar el sindicalismo en sus fábricas. Posteriormente se convirtió en un viejo senil y gruñón y sus triunfos quedaron ensombrecidos por una densa niebla de decisiones equivocadas y el declive de su éxito.

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